CUMPLO 32

Como ya han pasado 2 años desde que hiciera un análisis vital al llegar a las 3 décadas de existencia, cumplo otra vez cifra par y cualquier excusa es buena para hacer una reflexión que quede para la posteridad y cuando sea muy vieja se me salga la dentadura de risa al leer lo que me daba por escribir en mis años mozos, he creído conveniente volver a pensar acerca del ello, el yo y el superyó tras estos 730 días.

Y es que cumplo 32 años en este mundo traidor y lo hago con más ganas que nunca. No de cumplir años sino de seguir viviéndolos. Porque, como leía hace unos días, a la vida no hemos llegado para comprenderla sino para vivirla.

Cumplo 32 con más calma pero las mismas neuras. Y es que aunque es muy cierto que las cosas se toman con un punto más de tranquilidad y perspectiva a medida que pasan los años, no lo es menos el hecho de que en mí aún habita una estresada estudiante a punto de entrar en el examen más importante de su vida, ese en el que se evalúa si lo estás haciendo bien en esto de ser feliz y exprimir cada día.

Cumplo 32 con el pleno convencimiento de que, como me espeta el Señor de gafas oscuras cada vez que me ve tirada en algún sofá, “la vida no es esto”. Cada época de vacaciones y, si me apuran, hasta cada domingo, pienso que algo estoy haciendo mal. Que necesito un plan de huida. Sin embargo llega el lunes, te tropiezas con el martes, pasas de puntillas por el miércoles y entonces ya es jueves, que tocan unas cañas o algo, no? y de pronto el viernes por la mañana ya está aquí para que te deleites maquinando las millones de cosas que vas a hacer el fin de semana. Pero entre familia, plan de amigos, alguna conversación que arregla el mundo, otras que te reconcilian con la vida y más pizzas de las que debería, volvemos a empezar la semana. Y así ha sido 104 veces.

Bueno no tal cual. Porque si hace dos años cumplía 30 años en Madrid, echando de menos Vigo y sin saber cuándo iba a volver, hoy cumplo 32 en la ciudad que me vio nacer. Pudiendo disfrutar de lo más importante que tengo en la vida que es mi familia. Y es que esos desayunos con la Señora que calceta no tienen precio (bueno, sí que lo tienen pero corren casi siempre de su cuenta), ni esas salvadas en el último momento del estilo de “Mamá se me olvidó el móvil en casa” o “Mamá no tenías que haberme hecho los doscientos tuppers de comida pero gracias”. Ante esto ella siempre contesta lo mismo: “no te voy a vivir toda la vida” pero no sabes lo que me alegra poder disfrutarte cerca el tiempo que nos quede juntas en este planeta.

Cumplo 32 con menos complejos pero más consciente que nunca de que el cuerpo las hace y el cuerpo las paga cada vez más caras. Así que cumplo 32 sabiendo de que comer sano y cuidarse es fundamental. Y esto no lo digo porque haya vuelto al gimnasio y a la vida de salubridad. Lo digo porque no hay que irse de ella.

Cumplo 32 con las mismas ganas o más de viajar y descubrir. De dejarme llevar bien sea por una conversación, un hilo de Twiter o un perfil inspirador de Instagram. Porque cumplo 32 convencida de que todo suma y que los puntos se unen más fácilmente cuanta más información tengas. Aunque ello suponga leer muchas malísimas noticias y alguna que otra opinión horrible.

Cumplo 32 queriendo mancharme con pintura y escribir durante horas. Frustrada a ratos por un trabajo que me atrapa 8 horas al día pero agradecida de poder darme caprichos burgueses de vez en cuando y comprendiendo que vivo una vida de privilegios que hace 5 años no soñaba.

Cumplo 32 convencida hasta la médula de que a las mujeres nos queda aún muchísimo por decir. Y dejo constancia de ello cuando tengo ocasión para demostrar que sí, se ha avanzado mucho pero no, no podemos conformarnos.

Cumplo 32 agradecida, emocionada y estabilizada en una vida fácil y plena. Siempre pensando en el siguiente paso pero sin los agobios de la veintena cuando no sabía qué iba a ser de mí. Porque cumplo 32 sabiendo que lo que deba ser, será y lo que dependa de mí también. Más tarde o más temprano, pero lo haré.

Cumplo 32 conociéndome mejor y confiando más en mí que nunca. Porque he demostrado pero sobre todo me he demostrado que puedo. Puedo con todo lo que me proponga. Y puedo con todo lo que me apetezca.

Cumplo 32 habiendo dejado de alisarme el pelo, discutiendo lo mismo, con más arrugas, riendo a carcajadas sonoras, repitiendo historias, igual de torpe, intentando no hablar tan alto aunque igual de claro, con más kilos, menos vergüenza y tratando de que esta piel atópica que tengo no sea tan fina y se vuelva impermeable en ciertos momentos. Pero los cumplo emocionándome igual de intensamente por todo y por todos.

Cumplo 32 sabiendo que no hay que sufrir sin motivo pero entendiendo que es fácil decir esto cuando estás tan bien con la vida que te ha tocado vivir. Cuando no hay miseria a tu alrededor y, aunque haya problemas, tengo a la gente adecuada alrededor para ayudarme a superarlos.

Porque si algo ha cambiado desde hace dos años es que por aquel entonces un chaval con gafas me hacía reír a carcajadas, acabábamos de volver de aquel verano que nos confirmaba que sí, que esto podía ir bien y ahora escribo esto escuchándole roncar cada día habiéndole dicho que sí, que me caso con él. Un sí alto y claro.

Cumplo 32 comprometida, manda narices! Riendo sola ante la que se nos viene encima. El festón de mi vida. Ese que soñaba con hacer tanto si encontraba a alguien con quien compartirlo como si no. Porque cumplo 32 pero me sigue gustando más una fiesta que las tostadas con mantequilla (que es mucho decir) Sobre todo si es una fiesta con toda la gente que quieres, como una forma de devolverles un poco de todo lo que te han dado.

Pero es que resulta que me reencontré con Mauro y hoy por hoy estoy segura de querer pasar con él mañana, y pasado, y el otro. Porque cumplo 32 discutiendo de vez en cuando con él pero riendo cada día. Cada día! Eso es difícil de lograr. Gracias en gran parte a él y en otra gran parte a la carambola que es la vida, cumplo 32 contenta, expectante con lo que viene, plena y feliz.

Felices 32 para mí. A seguir cumpliendo con la vida y, sobre todo, conmigo misma!

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ATLÁNTICAS

 “Papá es que somos atlánticas”

Eso le dice Anita a su padre, madrileño de nacimiento afincado en el Val Miñor, cada vez que se mete en el agua como si nada cuando a él le parece que está helada.

La madre de la criatura me lo comentó entre risas cuando hablábamos acerca de lo mucho que necesitábamos un baño en el mar. En este océano Atlántico en el que te da un mini paro cardíaco al entrar pero no pasa nada porque “Es muy bueno para la circulación”.

El Atlántico tiene un algo magnético que te atrapa. Los días en que está turquesa, como un plato y lo contemplas desde el chiringuito mientras tomas una Estrella, crees estar en paz con el mundo y ya no le pides nada más a la vida. Pero ese mismo océano es el que nos devuelve a una realidad turbulenta en los días en que cielo y mar reflejan una paleta de grises que va desde el acero al perla pasando por el gris azulado, el grafito y el metalizado.

El gris es uno de nuestros colores más representativos. Pero no el único. El Atlántico es también millones de azules, de verdes e incluso algunos cientos de amarillos. O así me lo imagino yo al menos.

Tener cerca este océano nos da un clima que nos hace más fuertes. En el invierno de 2013 padecimos las miserias que alguien de ahí arriba decidió enviarnos sin tregua. Ciclogénesis explosiva fue el marketing que le dieron al asunto. “Si sobrevivimos a esto y seguimos siendo felices, seremos mejores personas” decía yo para consolarme.

Pero es que somos seres acuáticos nos guste o no. El agua siempre está presente. A riesgo de parecerme a Forrest Gump describiéndola en Vietnam, diré que en aquí tenemos lluvia de todo tipo y condición. Cada una con su propia denominación. También hay agua en forma de océano abrumador que salpica nuestras costas y se adentra en la tierra formando paisajes incomparables, amplios y escarpados, de lucha continua y sosegados. Por tener, tenemos hasta agua evaporada que se convierte en niebla y da ese aire místico a un universo donde habitan meigas, diaños, y hasta una Santa Compaña.

El Atlántico, el océano, el clima y el paisano, es impredecible, variante, reservado, algo caprichoso y, sobre todo, bonito. Esa belleza distinta con un punto melancólico como el que tiene la luz del mes de septiembre.

Pero no se vayan a creer, somos positivos aunque nos atribuyan un aire taciturno. A ver si no de qué somos gente capaz de festejar y homenajear nuestra gastronomía tantas veces y en tantos lugares así llueva o truene.

Los atlánticos lo primero que hacemos al levantarnos es ver por la ventana para ver cómo ha amanecido el día. Si está encapotado, no te preocupes porque “Esto abre”. Y casi siempre levanta. Pero si al final no lo hace, a la playa con bocata vas igual. Porque en la bolsa atlántica, además de la crema y la toalla, siempre va a haber una sudadera. Esa que te pones cuando cae el Sol. Cosa que aquí ocurre bastante tarde.

Somos los que salimos siempre con algo de abrigo porque sabemos que luego refresca. Da igual que estemos en plena ola de calor “Por si acaso”. Pero también somos los que reconocemos al momento a los de fuera porque se ponen al lado de la orilla. Que no, señores, que en el Atlántico la marea es cambiante y te hace dudar. Tanto como nosotros cuando no se sabe bien si subimos o bajamos.

Somos atlánticos porque somos de mar. De recoger conchas. De playas de arena blanca. De pulpo, calamares, pimientos de Padrón y nécoras. De días con nieblas y noches de licor café. De viento Norte que deja el cielo azul y una brisa fresca que te ayuda a despertar.

Decimos “carallo” y aunque mucha gente crea que sólo somos riquiños e indecisos, lo cierto es que aprendemos a tomar decisiones pronto. Cuando de pequeño ves la ola que se te viene encima y debes determinar rápidamente si vas a saltarla o pasarla por debajo. Ese tipo de decisiones que sigues tomando de adulto y que acaban más de una vez con un revolcón en la orilla, comiendo arena y el bikini del revés.

Somos atlánticos porque a nosotros no nos define el Sol. Nos define el mar.

Yo entiendo que cada uno cree que lo suyo es lo mejor. Que los veranos azules con bicis y helados no son exclusivos del Atlántico, aunque sí que lo es el hecho de ir a pescar “candrejos” a las rocas con “ganapán” y convertirte en el héroe cuando aprendes a cogerlos por detrás para evitar las tenazas.

El Atlántico suena a mar rompiendo, a gaitas sonando y a gaviotas graznando. Y también a un aturuxo que lanza una meiga.

Por aquí encontrarás siempre pelos encrespados y la naturaleza imponiéndose allí donde parecía imposible. Hierba que crece en las juntas de las baldosas, brotes verdes en los postes de la luz y calas floreciendo a los lados de la carretera. Esto último le impresionaba mucho a mi bisabuela de raíces aragonesas.

Vivimos al lado de un océano que tan pronto genera vida como la quita. Y es que, como dice el Señor de Gafas Oscuras, “Al mar hay que respetarlo siempre” 

Escribí esto a pocas horas de comenzar unas vacaciones atlánticas. Consciente de que hay lugares con climas mejores y con parajes también incomparables. Lugares en los que seguramente no tendrás que llevar chaqueta por las noches y donde el único agua que cae es la que genera tu propio cuerpo debido al calor. Aquí, he encontrado playas abarrotadas y otras que parecen el paraíso en la tierra. Hubo días de nieblas que no levantan (muchos menos que de costumbre) y que nos dejaron con el ánimo bajo pero que hacen hueco a planes alternativos, aperitivos infinitos, tardes de cartas y de dormir en el sofá. Hubo otros de calor casi insoportable en los que tuvimos que estar a remojo. Hubo noches de sudadera y mañanas de resaca playera. Hubo familia, hubo comida (casi infinita), hubo descanso y hubo, sobre todo océano.

Decido pasar mis vacaciones en el lugar que me vio crecer. Pero es que aquí nací y el Atlántico me define y forma parte de mí.

Porque yo, como Anita, soy atlántica.

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ELOGIO DE LA MANO

Me tumbé en el sofá sabiendo que era un engaño.

Unos minutos de negación antes de la horrible perspectiva de volver a trabajar. No me entiendan mal, por lo general la idea de que sólo queden unas horas de trabajo tras una comida gratuita en casa de padres, no se me antoja mala. Me quejo un poco, sí. Suelto un par de gemidos, algún que otro “qué dura es la vida” ante lo que el Señor de Gafas oscuras replica que “vivo como Dios” y vuelvo a convencerme de que “yo nací para estar siempre de vacaciones..que no me aburriría nunca

Pero hoy moría de sueño por segundo día consecutivo y los huesos, los músculos, las sienes, las bolsas de debajo de los ojos y, sobre todo, los párpados que sólo querían cerrarse ganaron a mi voluntad.

Me desplomé un rato con un cojín bajo la cabeza y la acerqué al regazo de mi madre. Entonces ella, como tantísimas otras veces, puso su mano sobre mi espalda. Y entonces comprendí.

Eso es justo lo que se necesita. Una mano comprensiva que te diga “venga, tranquila, todo va a ir bien, tú puedes” Y ya, ya sé que las manos no hablan. Pero todas y cada una de esas frases manidas se colaron en mi cabeza y relajaron mi respiración durante lo que pareció una eternidad pero que en realidad fueron 7 minutos. 7 minutos de gloria. Y todo por una mano.

Pues de vez en cuando habrá que pedir que te echen una de esas manos. Habrá que levantarla para preguntar, para pedir calma y para pedir ayuda. Habrá que darle en la espalda a alguien con ella. A veces unos golpecitos y otras un empujón. Habrá que chocarla con otras y coger la de alguien con fuerza en medio de la noche. Habrá que ponerla en la cabeza de esos seres bajitos y revolverles el pelo. Habrá que cerrarla en puño y elevarla a voz en grito. Habrá que mojárselas. Habrá que pintarse las uñas para evitar mordérselas en momentos de tensión. Habrá que abrirlas para recibir un abrazo. Para cerrarlas en un sonoro aplauso cuando se merece. Ellas son las que te sujetan la cabeza cuando ya no puedes más. Cubren tus ojos ante el miedo. Enjuagan tus lágrimas cuando te ruedan por la cara contra tu voluntad. En esos momentos, tal vez lo que necesites es que una mano ajena se pose en tu espalda y te diga “venga, tranquila, todo va a ir bien, tú puedes” Y entonces volver a respirar.

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NO TE DEJARON SEGUIR

Ahora mismo. Hace 20 años. Justo a las 16:02 del 12 de julio de 1997, una señora con el pelo fosco teñido de rubio, una camiseta rosa chicle, las paletas separadas y un tono agudo tan típicamente bayonés gritaba “¡¡MIGUEL ÁNGEL LIBERTAD!!” Y todos aplaudimos. Lo recuerdo perfectamente.

Éramos muchos. La mayoría con el pelo aún mojado pues veníamos de la playa. De un día de verano como otro cualquiera. En familia. Pero sabiendo que a las 16:00 había que estar en la plaza del ayuntamiento. "Yo pienso ir desde luego" "Yo también" comentaban en los corros de la orilla. Llevábamos 2 días que no se hablaba de otra cosa. “Son la hostia” “No hay derecho” “Joder…qué pretenden?” “29 años…”

29 años. A Miguel lo cogieron desprevenido. Como a todos. 29 años...la leche! Quién iba a pensar que aquel concejal joven de Ermua iba a ser el siguiente? A quién se le ocurrió la idea del secuestro? Pero sobre todo...qué esperaban?

No nos callamos. Esta vez no. No fue un "otro más". Millones de personas salieron a la calle. 

Aquel 12 de julio ETA firmó su sentencia de muerte. La sociedad lo había condenado. Así no. Así no más.

Se me vienen a la cabeza mil imágenes. Las manos blancas al cielo, la agonía de la familia y todas esas personas gritando al unísono “Vascos sí, ETA no!” "ETA escucha aquí tienes mi nuca!" Las imágenes de la marea de gente manifestándose en las calles de toda España fue seleccionada por los telespectadores como las más impactantes de la Historia de la Televisión en este país. Y no me extraña. Aún es hoy el día que me sobrecoge verlas.

Y después, una frase ”Ya no saben ni matar” la pronunció mi padre en el salón de casa de la abuela Pita. Con un cigarro en la mano frente al televisor, mientras daban la noticia de que aún había esperanza.

Vaya putada te hicieron, Miguel. No te dejaron seguir. Te agarraste a la vida como pudiste pero no te dieron opción. No puedo ni pensar en la agonía que debiste pasar si tan sólo con recordar la nuestra se me llenan los ojos de lágrimas y el estómago de bilis. Tuviste que ser tú. Pudo ser otro. Tantos que fueron antes. Y los que vinieron después. Hasta hoy. Cuando pienso con una mueca en la cara que a muchos niños en este país habrá que explicarles lo que fue ETA, lo que significó, el porqué si es que existió y la sinrazón de tantísimas víctimas. Para qué? Supongo que para esto, no?. Para finalmente poder vivir en paz. Poco consuelo tras tantísimos años de sufrimiento.

Tuvo que suceder un caso tan patético, tan horrible y tan desgarrador como el de Miguel Ángel Blanco para que dijésemos basta.

Fue a las 4. A las 4 en punto de la tarde. A traición.

Aquel verano, con 10 años (para 11 como me gustaba remarcar por aquel entonces) fui consciente de lo peor del ser humano. Tuve suerte, hoy en Siria y en muchas otras partes del mundo, los hay que nacen sin conocer otra realidad que la guerra y la muerte a su alrededor. Y no buscan una explicación. Simplemente tratan de sobrevivir. Simplemente siguen. Como seguimos todos. Con las manos en alto como única arma.

Menos tú, Miguel. A ti no te dejaron seguir. 

MANIFESTACIÓN

 

 

NENÉ: LA ÚLTIMA DE ESA GENERACIÓN QUE FUERON LOS PADRES DE MIS PADRES

A la abuela Nené hay que recordarla como era: pequeña, pía, habladora, rabuda y muy presumida. 

Si pienso en Nené, la imagino con alguno de sus trajes de chaqueta, pelo de peluquería, gafas de estrella de Hollywood, comentando sobre las 8 conversaciones que hay en la mesa, padeciendo todos los males que le contábamos que alguien tenía, mandando a todos, cogiéndonos por el brazo para decirnos que hay que ser buenos, contándonos sus historias de la Guerra y disfrutando de ver que su prole sigue multiplicándose. Ah! Y con la virgen del Pilar al cuello, por supuesto.

La abuela Nené nos marcó a todos.

Hoy quiero recordar las meriendas en Pi i Margall donde rodaban cabezas y caían roscones y también aquella casa de Riobó que sólo los mayores conocieron y los pequeños vivimos a través de sus recuerdos. Quiero acordarme de esa flor de edelweiss que tenías enmarcada encima del televisor para que todo el mundo supiera que tú eras de Jaca, de la montaña. Quiero acordarme de todas las cintas que nos regalaste de la Virgen del Pilar, de la forma que tenías de poner los ojos en blanco y decir “bueno, bueno”, de tus caprichos y del cardo, que te encantaba. 

Quiero recordar aquella película VHS que me regalaste con “Sonrisas y Lágrimas” escrito en rotulador negro. Ten por seguro que la gasté. Me gusta creer que heredé tu vena cinéfila y me río al pensar en la cantidad de películas que viste y que podían ir en contra de tus creencias. Pero así eras tú. Bátante contradictoria. 

Todos estos recuerdos se me acumulan hoy, cuando un mensaje en el teléfono me confirma que no te voy a ver más. Y eso es lo más triste de todo. Que ya no voy a poder pedirte que me cuentes otra vez cómo fue el bombardeo de Guernica, lo del rescate en Burdeos, los 3 años de carteo con el abuelo Florencio, los veraneos en Corujo o las anécdotas de tus 10 hijos.

Todos esos recuerdos me los contaste en vida. Y hace unos días me los regalaste por escrito. Me cogiste del brazo, me entregaste una libreta con tus memorias escritas en mayúsculas y me dijiste “para que escribas una novela” 

Te fuiste tranquila. Con 96 años, en cuanto comenzó tu deterioro, preferiste seguir durmiendo. 

A mí me cuesta creer en un cielo. Sin embargo tú estabas convencida de su existencia y rezabas todo lo que no hacemos tus descendientes por que todos alcancemos las puertas del mismo. Así que estoy convencida que San Pedro te recibirá con una buena fiesta de bienvenida.

Supongo que aunque dejas atrás 9 hijos, 24 nietos y 22 bisnietos que hoy te lloran con una tristeza enorme, por otro lado estás encantada de reencontrarte con la bis, con tu hermano Luis, con tu adorado Florencio y tu hija Mariateresa. Dales un beso enorme a todos de nuestra parte.

Dicen que es ley de vida.
Dicen que es lo mejor.
Lo sé. Pero yo estoy triste.
 

Gracias por todo abuela. 
Te vamos echar muchísimo de menos.

YO ME QUEDO

Yo me quedo. Esta noche. Estos instantes. En ese estadio donde dicen que los sueños salen a actuar. Hoy se disfrazaron de tragedia.

Me quedo con esta crueldad. Me quedo con vivirlo. Con sufrirlo. Con llorarlo. Con consolarme.

Yo me quedo con la camiseta. Esa que ahora cuelga triste en la silla y que es celeste. Un color que sólo me gusta para el fútbol.

Me quedo con todas las cañas de estos jueves de Europa League que nos hicieron soñar. Me quedo con los compañeros de sufrimiento. Con las caras, los gritos, los “uy” los “vamos!!” y los cánticos. Pocas cosas me emocionan más que mucha gente cantando al unísono. Nunca una grada llena de bufandas y brazos al cielo me pareció tan tristemente preciosa.

Me quedo con los goles, claro. Con los cabezazos fallados. Me quedo con Guidetti, que aún no se lo cree. Me quedo con el Toto, que tan pronto me lo cruzo por la calle como lo veo en la televisión emocionado, con la mirada puesta en la grada visitante y el rostro entumecido.

Me quedo con mis 8 primos que animaron como sólo unos descendientes de Florencio García pueden hacerlo. Con tantos amigos que mancharon Manchester de celeste. Hasta con el Alcalde! ese al que le demandaron una ronda. Me quedo con los celtistas. Me quedo con ser de un equipo pequeño.

Noches como hoy valen millones. Más de los que cobrará cualquiera de esos 22 jugadores en su vida. Porque noches como la de hoy pasan a las Historia de un club. Un sentimiento, por manido que resulte, que no se puede explicar. Es completamente irracional. Y sin embargo…”Y si?” Y sufres, gritas, callas, rezas y contienes la respiración como si tu vida dependiese de ello. 

Me quedo con este equipo tan de Vigo. Y con la lluvia que cayó hoy en la ciudad tal vez como presagio de la noche triste que íbamos a vivir los celestes. Un recordatorio de que somos humanos. Tanto que ahora estamos “jodidos” como confesó Aspas al micrófono justo antes de dar las gracias a toda la gente por apoyarles. Justo antes de recordar que esto es un equipo de chavales que se conocen desde la cantera y que han atrincherado al Manchester United obligándoles a jugar a no jugar en su campo. Un equipo que hace 5 años ascendía de segunda y hoy se despide de Europa en Old Trafford. ¿Cómo no voy a quedarme con ellos?

Me quedo con vos, cos nosos. Me quedo coa afouteza e co corazón. Porque o primero o demostrasteis no campo, e do segundo imos sobrados. Algúns dirán que é o único que temos nas vitrinas. Eu quédome con iso.

Me quedo con mi equipo. Me quedo con el Celta. Pequeño. Semifinalista. Grande. Campeón!

Gracias.

"SIEMPRE DESEÉ SABER ESCRIBIR..."

La experiencia me dice que de situaciones en las que estás digamos “desajustado” anímicamente por exceso o por defecto, surgen las mejores expresiones creativas.
Últimamente estoy muy contenta y tal vez por esto hace tiempo que no escribo.

No sé si será esta la razón o el hecho de que a sus casi 96 años algo revuelve por dentro a Teresa (como nos pide que le llamemos ahora porque al parecer ya es mayor para que le llamen Nené) y tiene algo de miedo (como para no tenerlo) pero la cuestión es que hoy la abuela vino a la comida con un regalo para mí.

Nené ha tenido una vida de película. Sobrevivir al bombardeo de Guernica, a otro en Bilbao, que se la llevasen en un barco a Rusia o ser rescatada en Francia son sólo algunos de los acontecimientos que le pedimos que narre una y otra vez aunque ya nos los sepamos de memoria.

Con su padre militar y su madre, una mujer adelantada a su tiempo que fumaba y jugaba al poker habiendo nacido con el siglo, vivió una vida alejada de su Jaca natal y la familia que dejó en Aragón para formar una (y muy numerosa) en Vigo con Florencio, su gran y único amor

Mi abuela Nené es peculiar y yo siempre le pedí que me contase su vida para poder escribirla. Hasta le regalé una libreta que traje de Nueva York para este cometido.

Hoy me la ha devuelto escrita con mayúsculas y yo que no soy de hierro (más bien todo lo contrario) me he emocionado. Vi a mi abuela más pequeña e indefensa que nunca y de pronto entendí que es precisamente en estos momentos cuando quiere pelear por dejar su huella en el mundo.

Esta libreta, con una etiqueta en la cubierta que indica la dirección a donde devolverla en caso de pérdida, es una maravilla. Me pareció que no era suficiente con añadirla a la lista de pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena. Tenía que contar su historia. Igual que mi abuela tenía que contar sus memorias.

Dice nada más empezar que siempre deseó saber escribir para escribir sus recuerdos.

Gracias por dejarme vivirlos contigo, Teresa.

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ALGUNAS PEQUEÑAS COSAS QUE HACEN QUE LA VIDA VALGA LA PENA (VOL XXXI)

Anteriores ediciones  aquí (hacia abajo)
 

Que te nombren en los agradecimientos de una tesis

El olor a trufa

Que el Celta le meta 3 al Barça en BalaÍdos

Que Chiqui pregunte cuántos representantes García hay en el campo y ante el aluvión de respuestas concluya "Mecagonrossss!!! Grada García ya!"

Que te traigan el desayuno a la cama

Quedarte en silencio en tu mesa y escuchar una conversación divertida en la de al lado. E intentar disimular la risa. Pero no poder

Volver por la noche y quedarme un rato viendo cómo duerme Roque en la cuna a mi lado. La paz

Ese mail que te confirma que ya tienes billete para volver en Navidad a casa

Mi hermano Santi de rodillas bailando la Bella y la Bestia con Martina

Las siestas de invierno donde no sabes bien si esa extremidad que tocas es tuya o del otro

Que cada año, por un instante, todos imaginemos lo que haríamos si nos toca la lotería

Los remiendos con hilo rojo que me hace la Señora que Calceta

Que hagan un escrito a partir de una fotografía tuya

La publicidad argentina

Volver a ver álbumes antiguos. Y la cara de críos de tus padres. Calcular la edad que tenían y confirmar que los tiempos han cambiado

Beberse una botella de vino blanco mano a mano. O varias...

Los viernes de tableta de chocolate, palomitas, pijama de cuadros, sofá y peli

Las caras de liberación de mis hermanos y cuñadas cuando por fin consiguen dormir a las fieras

Cuando te mueres de hambre y justo llaman al timbre con la comida a domicilio. Eso que sientes por el repartidor se acerca mucho al amor

Lo bien que sienta dejar de engañarse

Bailar Girls Just wanna have fun

Elaborar estrategias de ligue con tu amiga para que después las mande todas al carallo

Esos 10 segundos en que cierro los ojos cuando me tumbo en la cama para dormir, justo antes de volver a abrirlos para poner la alarma

Mi prima Iria alegrándonos la vida en el chat cuando nos cuenta historias de que se le escapó la cerda o nos manda vídeos cantando

Caminar por la calle con Martina un día de sol y que diga “Mira maína, huellas!” refiriéndose a las sombras

Sentir que no estás solo cuando empiezas a teclear en Google una pregunta a la desesperada y mágicamente se autorrellena.

Cenas con los padres de Eguiar

Lo guay que es cuando nos acostamos siendo uno más en la familia

Ver amanecer desde el avión. Con esos colores: Rojo, naranja, amarillo, verde y azul

Que mi hermano Manuel me mande esto para la siguiente edición de esta lista: “Llevar a mi hijo Roque a la guardería, de la mano, y comentando con él cada una de las cosas que le asombran: una moto, un coche, un bus, un semáforo, un puente...mientras saluda a la gente que se cruza con un sonoro HOLAAAA, e intercambia impresiones con una cuadrilla de pintores que pintan los bancos del parque…”

El amarillo de las hojas en otoño

Saber que vas a recibir respuesta a tus mensajes. Y recibirla. Siempre.

Los programas de cine en la radio

Escuchar, sin querer, que hablan bien de ti

Volver a motivarse con Mariah 

Y las tardes de cutter, plumilla y tinta

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EL DÍA QUE NACISTE IV

El día 3 de noviembre por la mañana felicitamos a tu abuela por sus 66 años tan estupendamente llevados y por aguantarnos durante casi 40 de ellos. Ella se limitó a decir “Gloria, salta a ver si nace hoy” a lo que tu padre contestó “Pues parece que hay movimiento”. Por fin!! Movimiento!! Había comprado un billete con bastante margen para asegurarme verte y con el pachorrismo que caracteriza a tu familia, no te dignabas a salir, así que temía volverme a la capital sin conocerte. Pero no. Te vi. Aterricé en el aeropuerto de Vigo y fui directa a coger en colo esos 3,800 kilogramos de cosa diminuta y comestible que eras. Dice tu padre que lo hiciste por mí. Si es así, sobrino, no sabes lo que te lo agradezco.

Así como con tu hermana hubo cónclave para deliberar su nombre, contigo, filliño, no hubo opción. Tus dos abuelos, tu padre y tu tío llevan el nombre del Apóstol. Así que llegas a este mundo siendo el cuarto de mis sobrinos, el tercer Santiago González, el segundo de los hermanos y compartiendo cumpleaños con tu abuela. Y a pesar de todo, cuando anunciaron tu llegada, me emocioné igual.

Esto fue a las 11:30 de la mañana. Nervios!! Como en otras ocasiones, comunicado oficial a los chats familiares y entre los “Animo!!” y “Empuja” se colaron muchos “Venga! que a lo mejor nace nace el mismo día que la abuela!” Pero claro, recordando que tu hermana tardó 23 horas en salir, ya no confiábamos. 

Todo transcurrió con caaaaalma. Se nota que no eran primerizos. El parte lo daba tu propia madre que, por si aún no te ha quedado claro, es santa. “Viva la Epidural!” era el título de la foto que nos envió tu padre. En ella se le ve a él viendo el golf en el iPad mientras tu madre lee uno de los dos libros que se llevó al hospital. Auténticos profesionales del parto. 

Eramos todos expertos “Se borró ya el cuello de útero?” que es una pregunta muy perturbante. Tu padre nos comentaba el esfuerzo de tu madre y nos decía “ufff estoy reventado!” (tendrá jeta...) “10 cm! Le rompen la bolsa!”. Y todos, créeme Santiaguito, TODOS empujamos con tu madre. Nadie se iba a dormir. Al filo de la media noche esperándote. Íbamos a contrarreloj!  

Y mientras en ese chat García se especulaba, se comentaba lo guay que es esto de retransmitan los partos en directo, se tenían nervios, se hacían coñas “Ay como salga con gafas oscuras” y hasta lemas “Santiago tercero, te quiere el mundo entero!” a las 23:59 exactamente del 3 de noviembre de 2016 apareciste en el mundo.

Por fin llego el mensaje de tu padre “Ya esta” y varios brazos sacando bola. Aún no te había ni visto y estaba cansada por el trabajo pero ese día me fui a dormir feliz sabiendo que éramos uno más. 

Pocos días después de que nacieras celebramos el aniversario de la caída del muro de Berlín y nos despertamos con la noticia de que un hombre que pretende levantar uno semejante, se convertiría en el próximo presidente de los EEUU. También dimos la bienvenida a Jacobito y nos enteramos que otro primo sería padre pronto. Con esto quiero confirmarte dos cosas:
1-  El mundo está loco y es injusto. En muchas ocasiones dejarás de encontrarle el sentido.
2- Has caído en una familia numerosa que no para de reproducirse. 

Como ya hice con tus primos, me permito, desde las tres décadas que nos distancian, darte algún que otro consejo que seguramente no escucharás y a la larga reirás al recordar. A lo mejor no llega a decírtela pero una de las frases preferidas de tu abuelo para educarnos es que "Todo fluye nada permanece”. A mí me transmite una mezcla de rabia y pena. Porque se aplica a lo bueno y también a lo malo. Así que no creas que siempre vas a quedarte siempre en los 15 años cuando tengas las hormonas disparadas y la cara llena de granos. O cuando seas becario en tu primer trabajo y tengas un jefe insoportable. O cuando tu hermana te saque de quicio. Todo pasa. Mucho más rápido de lo que crees. Cada día aprendes y creces. A la vuelta de la esquina hay más y mejor. Aprovéchalo. No hagas mal a los demás. Trata bien a las mujeres. Ríe con ganas y no tengas miedo a expresar tu opinión, a levantar la voz, sobre todo si es para denunciar una injusticia. Sé honrado. Eso te permitirá ir más seguro. Y sé fuerte. Sigue siempre adelante pero no dudes un instante en pedir ayuda. Tienes la suerte de llegar al mundo rodeado de personas que están dispuestas a apoyarte hasta el final. Aprovéchate de eso. Ah! y disfruta de ser el pequeño. Que en esta familia nunca se sabe cuándo vendrá el siguiente.

Tardé un mes en dedicarte estas palabras. Y no hay excusas. Ni el cansancio, ni la falta de tiempo. Tuve que volver a cogerte, verte los papos y comprobar lo clon que eres de tu padre para darme cuenta que para ti, sobrino, siempre hay y habrá tiempo. 

Ya estás aquí Santiaguito! Vienes a sumar. A que haya más ruido. A compartir tardes de juegos con Cosme, Roque, Martina y toda la tropa de Baiona. A reclamar atención. A recibir sobornos del abuelo en forma de huevos kinder y a que la abuela te persiga por el pasillo y te lleve a saltar en su cama. Pero por encima de todo, Santi, vienes a ser feliz. 

Solamente puedo decir…gracias por venir!

 

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MI TÍA ELSA

Mi tía Elsa es la cuñada de mi abuela Pita. Pero yo de pequeña creía que era su hermana. Enviudó pronto y a mí se me negó poder conocer a mi tío Tino del que tantas historias he escuchado a mi padre. También se fue pronto mi abuelo Manolo con el que Tino hacía buenas migas. Se ve que alguien con un humor patético nos quiso gastar una broma pesada y nos privaron muy pronto del humor que ambos derrochaban. 

A cambio crecí en una casa dominada por mujeres de bandera. Cada una en su estilo. Las chicas de Oro las llamábamos. Mi abuela, imponente, con tanta presencia y estilo…y esa carcajada que no se me olvida por mucho que hayan pasado ya 4 años desde aquel 21 de febrero. Mi tía Yoya, hermana menor de la primera. Guapa y discutidora. Recuerdo sus preguntas de examen y aquella chaqueta amarilla que cada verano recuperaba. Su cumpleaños siempre se celebraba la noche de los fuegos y, aunque alguno de sus sobrinos le daba disgustos con opiniones políticas más cercanas al carmín de sus labios de lo que ella podía entender, siempre se unió a las celebraciones familiares como si de una segunda abuela se tratase. Y por último Elsa. La joven, la reposada, la del acento canario y el pensamiento moderno. Para mí, mi tía abuela hippy. Siempre con una sonrisa en la cara, siempre dispuesta a todo y siempre encantada de venir cada verano desde su isla a Baiona para ver a su familia política crecer. Con los años, cuando descubrí que no era una hermana sino una cuñada, valoré aún más este gesto. Supongo que en el fondo lo pasaba bien y por eso repetía. O a lo mejor era el pulpo y los calamares en el club de yates, vaya usted a saber.

Cada año nos decía lo mucho que habíamos crecido y lo guapísimos que estábamos. La tía Elsa me preguntaba qué tal el curso y qué tal la vida en general. Yo me sentaba a su lado y hablaba. Hablaba mucho. Más bien, no callaba. Pero ella reía con mis historias y yo sentía una conexión especial con esa tía mía de gafas ovaladas, melena rubia y acento exótico.

Supongo que lo que hacía volver cada verano a Elsa a Baiona era el amor por una familia grande y ruidosa que la recibía entre achuchones, comilonas y partidas de Rammy. 

Mis padres siempre hablaron maravillas de Elsa. Tanto que es la única persona del mundo por la que el señor de gafas oscuras es capaz de coger gustosamente un avión e irse a Canarias a devolver a su tía un poco del amor que ella nos demostró durante tantos años. Es una verdadera lástima que Canarias esté tan lejos. Porque aunque no son familia directa, los Méndez canarios, son de esa clase de familia entrañable con la que te sientes como en casa desde el momento en que te dicen un “Hola Queriiiiido!!”

Aunque si lo pienso bien creo que la verdadera razón de que mi tía Elsa volviese a la Barbeira cada agosto, era para rellenar ese frasquito de cristal que cada año me decía que ponía en su baño. Un frasquito que se llevaba lleno de caracoles amarillos, de esos que ya casi no quedan. Cada verano, desde que tengo uso de razón, mi tía Elsa me decía “Carmensita, vamos a coger caracoles amarillos”. Yo, encantada, le daba la mano y nos pasábamos horas buscando en la arena. Recuerdo perfectamente estar cual ballenato varado en la orilla dejándome llevar por las olas casi inexistentes de nuestra playa y cómo con cada embiste las conchitas se revolvían. En cuanto aparecía un destello de algo amarillo, iba directa a por él, me levantaba triunfante y corría playa arriba gritando “Tía Eeeeeelsaaaaa encontré un caracol amarilloooo!!!” y de cada vez, de cada vez! ella exclamaba “Ay! pero qué alegría Carmensita!!!” Y realmente te creías que se alegraba porque mi tía Elsa es de esas personas que contagian paz y felicidad.

Me encanta esta foto. Porque veo a una tía y a un sobrino felices. Pero sobre todo porque veo que a sus 90 años, mi tía Elsa sigue tan genuina y estupenda como siempre.

PD: He cambiado la braguita por el bikini...pero sigo buscando caracoles amarillos en la orilla.

 

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