Y QUÉ TE DIGO YO AL CUMPLIR 70

Hoy hace 70 años que el señor de gafas oscuras aterrizó en este planeta.

El 5º de 7 hijos que con tal de no ver sufrir a su madre le dijo que había sido él quien había perdido las llaves y a la semana aparecieron. No era el culpable pero se sacrificó por el bien común. Esto ha sido una constante en su vida. Siempre prefirió pagar de más, cobrar de menos y evitar el conflicto antes de empezar una batalla. En todos lados menos en su trabajo, claro. Ahí ha siempre ha ido a ganar. Y, aunque nunca pierde las formas, sabe dónde dar para que sus palabras sean efectivas. Lo digo yo, que he sufrido más de una y de dos broncas de este ser implacable. Hace varios viajes a tu cuarto porque se acuerda de cosas y el último, cuando ya estás hecho un trapo, es para decirte que eres lo que más quiere en el mundo. 

Mi padre sabe que de vez en cuando hay que decir y hacer cosas por el bien de los hijos aunque no apetezcan. Hoy se lo agradezco en el alma y pienso si yo repetiré ese modus operandi con mis descendientes preadolescentes. Él lo heredó del abuelo Manolo que llegó a pedirle a un profesor que suspendiera a su hijo para que el señor de gafas oscuras, cuando era aún un niño de todo sobresalientes, se diese cuenta de que no pasaba nada. Y es que no pasa nada casi nunca.

En 70 años hay cosas que cambian. Pasas de ser un niño teatreiro que mentía a las vecinas sobre la salud de la bisabuela, a un hombre que gruñe desde el sofá, del postureo de las barras con patillas, Dupond y gafas oscuras, al babeo absoluto con los nietos, o, más bien, con la nieta, de sacarse los jerseys con sumo cuidado para no estirar las gomas, a declararle la guerra a la corbata e ir con pantalones cómodos y tenis de moderno, de tener incipientes canas a un pelo plateado, de estudiar en Santiago Derecho "porque había menos cola para matricularse" y pedir dinero al abuelo porque “otra vez he perdido el Código Penal”, a 40 años como profesional de la abogacía, de hacer reír a “La Garci” con sus barbaridades a no parar de meterse con ella…por suerte ella se sigue riendo igual. Menos mal que hay cosas que no cambian.

Aunque ya me conozco la mayoría de sus anécdotas de memoria, me gusta volver a escucharlas porque sé que le encanta recordar sus batallitas de la mili, el calor sofocante en Monte La Reina, cómo al confundir a un General con un Teniente acabó arrestado el primer día y así siguió práctcamente hasta el último día en que salió cabo porque no había menos rango y las idas a Madrid en el coche de Genaro. También las noches en vela estudiando en Santiago y cómo el Risas, el día que decidió ponerse a estudiar tras una bronca monumental de su padre, se quedó planchado en la mesa a pesar del bidón de café que se había tomado, o los cubalibres con Julio Pedrosa. La entrada en la familia García, ir en barco con su suegro, los veraneos de niño en Baiona y estar a las 2 como una vela sentado en la mesa que estaba coja y había “marea alta” y “marea baja". Las horas que pasaba en las rocas pescando y cómo su padre dirigía aquella casa de 17 con humor aunque la que mandaba ahí era la tía Marita que les decía “burro, burro, burro” cuando no atinaban con el problema de matemáticas. La cara del bisabuelo Celso cuando a Carlos le estalló la granada en la mano, pero, sobre todo, lo que me encanta es ver cómo todavía se le empañan los ojos al recordar a la abuela Pita, a la jefa. Debe ser algo genético porque a mí me pasa exactamente los mismo. 

El jefe es un padrazo. Para mí, el mejor sin duda. Pero no es perfecto. Cuanto más crece él y más crezco yo, más me doy cuenta de que es un ser humano. Con la edad se le acentúan las blandurrieces y se le liman las aristas. Poco demandante y con mínimas necesidades, creo que tendría el récord de supervivencia a base de latas y pescado cocido. Es sí, los bocatas a media tarde, media noche y media madrugada que no falten…y las migas esparcidas por el salón para desesperación de la señora que calceta, tampoco. Ve el mundo desde el sofá y nos convence de que es mucho mejor viajar viendo Españoles por el mundo porque no te cansas.

Ha llegado a ese momento en la vida en que se permite decirse que no pasa nada si ya no es el abogado cuarentón que podía con todo o el deportista que levantó estadios en los Jesuitas, no pasa nada si no tiene una casa con jardín y un yate…porque el jefe está contento con lo que ha hecho y conseguido. Nos lo dice siempre. Está feliz con su vida en la que disfruta con vernos a todos juntos y sufre bastante cuando discutimos como si nos fuese la vida por tonterías. Parece mentira que no nos conozca. Pero él lo ve todo con la perspectiva del tiempo. Desde la visión "abuelística" del mundo. Desde el “no merece la pena”. Me hace gracia verle así ahora cuando hace unos años era imposible.

El señor de gafas oscuras con los años habla menos y calla más. Es un tipo difícil de regalar. No quiere nada porque no necesita nada. O tal vez sólo necesita una cosa: que estemos bien. Y que la Garci siga riendo a su lado. Porque sin ella les puedo asegurar que no es absolutamente nadie.

Conmigo se babó como lo hace ahora con Martina y creo hará con Lola. Porque si algo es mi padre, es de mujeres. Es de mi madre y es de sus hermanas. Hace muchos años que le escucho decir que los hombres son un coñazo. Aunque la mayoría del “Senado” en el que pasa las mañanas sean varones y se divierta siendo el más rojo o el más facha según vaya la discusión hasta el punto de que le piden bajar la voz que en esa calle “les conocen”. Al jefe le importa ya todo un pito. La vida le ha dado ya suficientes lecciones y él ha llegado al punto de no querer dárselas a nadie. Ni si quiera a sus hijos a los nos deja volar solos desde hace tiempo. El señor de gafas oscuras marca sus propias reglas. Se caga en todos y cada uno de los jugadores de su equipo y en todos y cada uno de los políticos que salen por la televisión. Se ríe de mí cuando le digo que no tiene derecho a hacerlo pues no vota desde Adolfo Suárez y alza al Olimpo de los Diones a personajes como Gladiator, Jackie Chan o Steven Seagal.

Me manda audios cuyo contenido sólo es “Quéeee vives como diooooos!!”, “Hay macarrones pero se los ha llevado todos Santi” o “Tienes padre cojoneeeees!” y se ríe como pulgoso.  Enfermo fatal. Fan número uno de Otis Redding (Dios cantando). Autor de los insultos más decadentes como “Pirata de la peor especie” y frases que una generación entera de Brandones recordará: “A forrar los librooooos” (en agosto). Suyo es el “Piraña” cuando le pedí a los 5 años que dejase de llamarme "Princesita" y por el que me sigue pidiendo royalties. Pocas cosas le gustan más que una reunión con su familia y una buena discusión como las que se organizan tradicionalmente el 1 de enero y llega un punto en el que salta con “oye ya está bien, hay que hablar de sexo”. Hasta que se oye “Garci, cuando quieras” y eso quiere decir que ya se quiere ir.

Mi padre ha sido, y sigue siendo, un tipo justo, honesto, sincero y leal. Quiere de una forma especial que hace que todos los que le rodean le quieran también de manera diferente a como se quiere a un tío, a un hermano o a un cuñado. Supongo que la claves es que siempre ha estado ahí cuando se le necesitaba. El señor de gafas oscuras no agacha la cabeza ni se esconde. Da un paso al frente y responde. Y esto ha sido así siempre. Desde que su madre preguntara qué había pasado con las llaves y él dijese que las había perdido aunque no era cierto. 

Qué quieren que les diga, no le puedo querer más.

Feliz cumpleaños Jefe, eres un tipo genial. Qué suerte tenerte como padre.

public.jpeg

ME GUSTAS MÁS QUE EL RESTO

No siempre estoy de acuerdo con Mauro. Lo bueno es que (por ahora) nos encontramos en la misma posición en lo esencial. Aunque él tenga una forma de hacer y de sentir las cosas muy diferente a la mía. Aunque él sea capaz de dejar pasar y discutir de forma más moderada. Yo soy una exaltada, lo reconozco. Hay argumentos en los que parece que me va la vida. Sufro y me desgarro las cuerdas vocales. Y todo sin sentido pues hay ciertos temas en los que es imposible hacer cambiar de opinión a alguien que tiene la suya tan interiorizada.

Decía que no siempre estoy de acuerdo con Mauro. Pero me encanta oírlo hablar sobre feminismo. Me gusta que lo más macho que haga o diga sean cosas del estilo “Carmen quería casarse y claro…” y ponga los ojos en blanco. Sabiendo que no es cierto. Que todo lo que hacemos es consensuado. Me encanta que haya sido educado por una mamá gallina que lo habrá “amamonado” pero siempre ha siempre ha podido ver en ella un ejemplo y a una mujer con voz propia. Me encanta cómo venera a su hermana/segunda madre.

Me gusta que Mauro sea de esos hombres capaces de decirle a otro “yo no lo veo así”, “esto pasa, no están exagerando” y no se limite a callar o a reír por lo bajini alguna barbaridad. Seguramente lo haya hecho en algún momento de su vida pero hoy, a sus 38 años, con una hija en camino y una revolución femenina en marcha, sabe que hay muchas cosas que están mal y punto. Desde el reparto en el cuidado de los hijos y las tareas del hogar, hasta el techo de cristal, una sentencia condenatoria que se queda corta o el derecho con el que se creen algunos a actuar o hacer comentarios con un fin meramente “adulador”. Y lo mejor es que, bien sea porque es un necio o porque realmente está contento con su vida y no tiene nada que ocultar, no tiene miedo a decirlo. Mauro comenta estas cosas a sus amigos o conocidos a sabiendas que no va a conseguir convencerlos pero siendo consciente de que el efecto que provocan sus palabras de “tío a tío” es mucho mayor a si lo digo yo, “la feminista de turno”. Esto convierte a mi marido, que no es que sea digamos el súmmum de la masculinidad tradicionalmente entendida, en más hombre que muchos machos alfa.

Lo complicado es que hasta un tipo como el que describo y al que considero muy empático  me confiesa que hay cosas que no van a entender nunca. No van a entender lo que es ser educada como mujer. Aunque sea como en mi caso, como mujer independiente, que sabe que puede llegar donde quiera, luchar por sus ideales y no aceptar jamás un trato discriminatorio…y sin embargo era conmigo y no con mis hermanos con quien mi madre se despertaba alterada por la noche cuando aún no había llegado. Yo siempre llegué. Pero otras no lo hicieron. Muchísimas.

Pero tampoco yo puedo llegar a entender a aquellos que se sienten ofendidos por una sentencia (no entro a juzgar ya si es adecuada o no, eso no me corresponde a mí) y creen que la justicia les ha fallado a ellos personalmente al dejarse llevar por el clamor popular de unas cuantas feminazis que quieren ver a todos los hombres arder en el infierno por el simple hecho de tener pene.

Yo no quiero eso. Quiero una sociedad más justa. Quiero que los roles sociales se equiparen. Quiero que los trabajos sean más justos. “Pero no prefieres ganarte el puesto por tus méritos que por una cuota?” Por supuesto! Pero vivo en una sociedad donde mis méritos no llegan. Debemos hacer el doble para demostrar lo mismo. Y, sobre todo, debemos renunciar. Pregunten cuántas mujeres han tenido que planificar o posponer sus embarazos. Y ¿cuántos hombres? ¿Cuántos permisos para ir al pediatra piden sus amigos en sus trabajos? ¿Cuántas veces es ella quien se queda esperando a que venga el fontanero? ¿Cuántas veces estando ambos al cuidado del mismo ser, va ella el doble de veces a cambiarlo al baño? (En todo esto, por supuesto, hay excepciones)

Seguramente no vamos a poder cambiar a la generación que está viviendo el presente…pero tal vez, si los que vemos necesario el cambio somos muy pesados, si condenamos categóricamente acciones y omisiones que antes se daban por hecho, tal vez si lo hacemos todos, mujeres y, sobre todo, hombres, tal vez entonces tengamos la oportunidad de dejar un mundo mejor para los que vienen.

Lo bueno es que me levanto cada día con un tipo que, aunque no ve un pimiento hasta que no se pone las gafas, comparte mi misma visión sobre esto. Y esto es una suerte.

IMG_E412060F8EA4-1.jpeg

40 CASTAÑAS

Aunque nació hace hoy 40 años, yo le conozco desde hace 32.
Y aunque preguntaba cada vez que veía a alguna persona con una enfermedad grave por qué habían nacido así a La Señora que Calceta amargándole un poco el embarazo, por suerte nací con 20 dedos y dos orejas bien grandes. Y desde entonces se dedicó a cuidarme y a quererme.

A defenderme de los vaciles de Santi y Rafa. A esperar en la parada de bus para que no me quedase sola. A decirme que si se metían conmigo en el colegio no pasaba nada, que a él le había pasado lo mismo y al final todo había salido bien.

Esto me lo repitió en cada momento vital en el que creía que el mundo era muy injusto conmigo. Él escuchaba paciente mis llantos telefónicos desde Madrid y se dedicaba a reflexionar conmigo, a decirme que el Señor de Gafas Oscuras, a pesar de sus formas que nos dejan hechos una mierda, tiene parte de razón, a reírse de mí y al final reírse siempre conmigo.

Me trajo mis primeros Gazelle de Londres cuando volvió transformado en un tipo muy cool incluso a pesar de los collares. Se dejó barba hasta hoy y empezó a confiar en sí mismo. Cuando yo empecé a hacer lo propio, siguió metiéndose conmigo para que no se me subiesen los humos.

Manuel jugó a ser guay un tiempo. Sin saber que su guayez reside en ser exactamente como es. Con sus fortalezas y sus debilidades que le hacen tan humano y tan de verdad. Manuel no te la va a jugar. Es muy listo pero no de esa clase que tienen claro que lo primero es la propia supervivencia. Manuel sufre cuando algo va mal. Cuando no puede hacer nada para solucionarlo. Le molesta que no se preste atención al detalle. Cuando no se hacen las cosas bien. “Porque no cuesta nada” y no le cabe en la cabeza que la gente no lo vea tan claro como él. Todo esto lo sé porque a mí me pasa exactamente lo mismo.

Lo que más me gusta es que a pesar de que por fin es consciente de lo mucho que vale en la vida profesional y todo le sonríe en la personal (concretamente le sonríe y mucho Almudena, pequeña gran mujer) su corazón mantequilloso a veces le traiciona y se le siguen viendo las debilidades a leguas. Pero no es debilidad. Es ser persona. Y Manuel lo es de los pies a la cabeza.

Es un abogado buenísimo como ya fuera un estudiante brillante. Pero eso da igual. Manuel es un tipo íntegro, buena persona, gracioso, detallista, cariñoso y un padre que se desvive por sus hijos hasta el punto que le tienen bastante pillada la aguja de marear. Manu es un tipo total. Pero es, ante todo, mi hermano mayor.

Y aunque ya no tenga yo 10 años y necesite de su ayuda para hacer los deberes, aunque ya no tenga él 16 y me confiese tirados en el suelo de mi cuarto rodeados de la granja Playmobil que le han roto el corazón en pedazos, aunque la vida ya no nos haga coincidir tanto en los bares (básicamente porque el día que puede salir se pone tan nervioso que no mide y a las 3 está en casa), aunque el tiempo pase y siga metiéndose conmigo mucho para luego darme un abrazo de oso y dejarme sin respiración, aunque pasen 40 años más, seguirá siendo mi hermano mayor, la persona a la que más me parezco en el mundo y mi ejemplo a seguir.

Y como se me empañan los ojos y no es plan, voy a dejar de escribir ya. Porque esto es bonito hombre! y aunque suene a topicazo os aseguro que es todo cierto. Mi hermano mayor se hace mayor y lo hace además feliz de la vida con su vida. Así que bien por él. Porque siga siendo tal y como es. Porque a mí la vida me lo ha regalado y no puedo estar más agradecida. Felicidades hermanu! 40 años pueden parecer muchos...aunque en ellos no cabe lo muchísimo que te quiero.

FullSizeRender.jpg

CUMPLO 32

Como ya han pasado 2 años desde que hiciera un análisis vital al llegar a las 3 décadas de existencia, cumplo otra vez cifra par y cualquier excusa es buena para hacer una reflexión que quede para la posteridad y cuando sea muy vieja se me salga la dentadura de risa al leer lo que me daba por escribir en mis años mozos, he creído conveniente volver a pensar acerca del ello, el yo y el superyó tras estos 730 días.

Y es que cumplo 32 años en este mundo traidor y lo hago con más ganas que nunca. No de cumplir años sino de seguir viviéndolos. Porque, como leía hace unos días, a la vida no hemos llegado para comprenderla sino para vivirla.

Cumplo 32 con más calma pero las mismas neuras. Y es que aunque es muy cierto que las cosas se toman con un punto más de tranquilidad y perspectiva a medida que pasan los años, no lo es menos el hecho de que en mí aún habita una estresada estudiante a punto de entrar en el examen más importante de su vida, ese en el que se evalúa si lo estás haciendo bien en esto de ser feliz y exprimir cada día.

Cumplo 32 con el pleno convencimiento de que, como me espeta el Señor de gafas oscuras cada vez que me ve tirada en algún sofá, “la vida no es esto”. Cada época de vacaciones y, si me apuran, hasta cada domingo, pienso que algo estoy haciendo mal. Que necesito un plan de huida. Sin embargo llega el lunes, te tropiezas con el martes, pasas de puntillas por el miércoles y entonces ya es jueves, que tocan unas cañas o algo, no? y de pronto el viernes por la mañana ya está aquí para que te deleites maquinando las millones de cosas que vas a hacer el fin de semana. Pero entre familia, plan de amigos, alguna conversación que arregla el mundo, otras que te reconcilian con la vida y más pizzas de las que debería, volvemos a empezar la semana. Y así ha sido 104 veces.

Bueno no tal cual. Porque si hace dos años cumplía 30 años en Madrid, echando de menos Vigo y sin saber cuándo iba a volver, hoy cumplo 32 en la ciudad que me vio nacer. Pudiendo disfrutar de lo más importante que tengo en la vida que es mi familia. Y es que esos desayunos con la Señora que calceta no tienen precio (bueno, sí que lo tienen pero corren casi siempre de su cuenta), ni esas salvadas en el último momento del estilo de “Mamá se me olvidó el móvil en casa” o “Mamá no tenías que haberme hecho los doscientos tuppers de comida pero gracias”. Ante esto ella siempre contesta lo mismo: “no te voy a vivir toda la vida” pero no sabes lo que me alegra poder disfrutarte cerca el tiempo que nos quede juntas en este planeta.

Cumplo 32 con menos complejos pero más consciente que nunca de que el cuerpo las hace y el cuerpo las paga cada vez más caras. Así que cumplo 32 sabiendo de que comer sano y cuidarse es fundamental. Y esto no lo digo porque haya vuelto al gimnasio y a la vida de salubridad. Lo digo porque no hay que irse de ella.

Cumplo 32 con las mismas ganas o más de viajar y descubrir. De dejarme llevar bien sea por una conversación, un hilo de Twiter o un perfil inspirador de Instagram. Porque cumplo 32 convencida de que todo suma y que los puntos se unen más fácilmente cuanta más información tengas. Aunque ello suponga leer muchas malísimas noticias y alguna que otra opinión horrible.

Cumplo 32 queriendo mancharme con pintura y escribir durante horas. Frustrada a ratos por un trabajo que me atrapa 8 horas al día pero agradecida de poder darme caprichos burgueses de vez en cuando y comprendiendo que vivo una vida de privilegios que hace 5 años no soñaba.

Cumplo 32 convencida hasta la médula de que a las mujeres nos queda aún muchísimo por decir. Y dejo constancia de ello cuando tengo ocasión para demostrar que sí, se ha avanzado mucho pero no, no podemos conformarnos.

Cumplo 32 agradecida, emocionada y estabilizada en una vida fácil y plena. Siempre pensando en el siguiente paso pero sin los agobios de la veintena cuando no sabía qué iba a ser de mí. Porque cumplo 32 sabiendo que lo que deba ser, será y lo que dependa de mí también. Más tarde o más temprano, pero lo haré.

Cumplo 32 conociéndome mejor y confiando más en mí que nunca. Porque he demostrado pero sobre todo me he demostrado que puedo. Puedo con todo lo que me proponga. Y puedo con todo lo que me apetezca.

Cumplo 32 habiendo dejado de alisarme el pelo, discutiendo lo mismo, con más arrugas, riendo a carcajadas sonoras, repitiendo historias, igual de torpe, intentando no hablar tan alto aunque igual de claro, con más kilos, menos vergüenza y tratando de que esta piel atópica que tengo no sea tan fina y se vuelva impermeable en ciertos momentos. Pero los cumplo emocionándome igual de intensamente por todo y por todos.

Cumplo 32 sabiendo que no hay que sufrir sin motivo pero entendiendo que es fácil decir esto cuando estás tan bien con la vida que te ha tocado vivir. Cuando no hay miseria a tu alrededor y, aunque haya problemas, tengo a la gente adecuada alrededor para ayudarme a superarlos.

Porque si algo ha cambiado desde hace dos años es que por aquel entonces un chaval con gafas me hacía reír a carcajadas, acabábamos de volver de aquel verano que nos confirmaba que sí, que esto podía ir bien y ahora escribo esto escuchándole roncar cada día habiéndole dicho que sí, que me caso con él. Un sí alto y claro.

Cumplo 32 comprometida, manda narices! Riendo sola ante la que se nos viene encima. El festón de mi vida. Ese que soñaba con hacer tanto si encontraba a alguien con quien compartirlo como si no. Porque cumplo 32 pero me sigue gustando más una fiesta que las tostadas con mantequilla (que es mucho decir) Sobre todo si es una fiesta con toda la gente que quieres, como una forma de devolverles un poco de todo lo que te han dado.

Pero es que resulta que me reencontré con Mauro y hoy por hoy estoy segura de querer pasar con él mañana, y pasado, y el otro. Porque cumplo 32 discutiendo de vez en cuando con él pero riendo cada día. Cada día! Eso es difícil de lograr. Gracias en gran parte a él y en otra gran parte a la carambola que es la vida, cumplo 32 contenta, expectante con lo que viene, plena y feliz.

Felices 32 para mí. A seguir cumpliendo con la vida y, sobre todo, conmigo misma!

FullSizeRender.jpg

ATLÁNTICAS

 “Papá es que somos atlánticas”

Eso le dice Anita a su padre, madrileño de nacimiento afincado en el Val Miñor, cada vez que se mete en el agua como si nada cuando a él le parece que está helada.

La madre de la criatura me lo comentó entre risas cuando hablábamos acerca de lo mucho que necesitábamos un baño en el mar. En este océano Atlántico en el que te da un mini paro cardíaco al entrar pero no pasa nada porque “Es muy bueno para la circulación”.

El Atlántico tiene un algo magnético que te atrapa. Los días en que está turquesa, como un plato y lo contemplas desde el chiringuito mientras tomas una Estrella, crees estar en paz con el mundo y ya no le pides nada más a la vida. Pero ese mismo océano es el que nos devuelve a una realidad turbulenta en los días en que cielo y mar reflejan una paleta de grises que va desde el acero al perla pasando por el gris azulado, el grafito y el metalizado.

El gris es uno de nuestros colores más representativos. Pero no el único. El Atlántico es también millones de azules, de verdes e incluso algunos cientos de amarillos. O así me lo imagino yo al menos.

Tener cerca este océano nos da un clima que nos hace más fuertes. En el invierno de 2013 padecimos las miserias que alguien de ahí arriba decidió enviarnos sin tregua. Ciclogénesis explosiva fue el marketing que le dieron al asunto. “Si sobrevivimos a esto y seguimos siendo felices, seremos mejores personas” decía yo para consolarme.

Pero es que somos seres acuáticos nos guste o no. El agua siempre está presente. A riesgo de parecerme a Forrest Gump describiéndola en Vietnam, diré que en aquí tenemos lluvia de todo tipo y condición. Cada una con su propia denominación. También hay agua en forma de océano abrumador que salpica nuestras costas y se adentra en la tierra formando paisajes incomparables, amplios y escarpados, de lucha continua y sosegados. Por tener, tenemos hasta agua evaporada que se convierte en niebla y da ese aire místico a un universo donde habitan meigas, diaños, y hasta una Santa Compaña.

El Atlántico, el océano, el clima y el paisano, es impredecible, variante, reservado, algo caprichoso y, sobre todo, bonito. Esa belleza distinta con un punto melancólico como el que tiene la luz del mes de septiembre.

Pero no se vayan a creer, somos positivos aunque nos atribuyan un aire taciturno. A ver si no de qué somos gente capaz de festejar y homenajear nuestra gastronomía tantas veces y en tantos lugares así llueva o truene.

Los atlánticos lo primero que hacemos al levantarnos es ver por la ventana para ver cómo ha amanecido el día. Si está encapotado, no te preocupes porque “Esto abre”. Y casi siempre levanta. Pero si al final no lo hace, a la playa con bocata vas igual. Porque en la bolsa atlántica, además de la crema y la toalla, siempre va a haber una sudadera. Esa que te pones cuando cae el Sol. Cosa que aquí ocurre bastante tarde.

Somos los que salimos siempre con algo de abrigo porque sabemos que luego refresca. Da igual que estemos en plena ola de calor “Por si acaso”. Pero también somos los que reconocemos al momento a los de fuera porque se ponen al lado de la orilla. Que no, señores, que en el Atlántico la marea es cambiante y te hace dudar. Tanto como nosotros cuando no se sabe bien si subimos o bajamos.

Somos atlánticos porque somos de mar. De recoger conchas. De playas de arena blanca. De pulpo, calamares, pimientos de Padrón y nécoras. De días con nieblas y noches de licor café. De viento Norte que deja el cielo azul y una brisa fresca que te ayuda a despertar.

Decimos “carallo” y aunque mucha gente crea que sólo somos riquiños e indecisos, lo cierto es que aprendemos a tomar decisiones pronto. Cuando de pequeño ves la ola que se te viene encima y debes determinar rápidamente si vas a saltarla o pasarla por debajo. Ese tipo de decisiones que sigues tomando de adulto y que acaban más de una vez con un revolcón en la orilla, comiendo arena y el bikini del revés.

Somos atlánticos porque a nosotros no nos define el Sol. Nos define el mar.

Yo entiendo que cada uno cree que lo suyo es lo mejor. Que los veranos azules con bicis y helados no son exclusivos del Atlántico, aunque sí que lo es el hecho de ir a pescar “candrejos” a las rocas con “ganapán” y convertirte en el héroe cuando aprendes a cogerlos por detrás para evitar las tenazas.

El Atlántico suena a mar rompiendo, a gaitas sonando y a gaviotas graznando. Y también a un aturuxo que lanza una meiga.

Por aquí encontrarás siempre pelos encrespados y la naturaleza imponiéndose allí donde parecía imposible. Hierba que crece en las juntas de las baldosas, brotes verdes en los postes de la luz y calas floreciendo a los lados de la carretera. Esto último le impresionaba mucho a mi bisabuela de raíces aragonesas.

Vivimos al lado de un océano que tan pronto genera vida como la quita. Y es que, como dice el Señor de Gafas Oscuras, “Al mar hay que respetarlo siempre” 

Escribí esto a pocas horas de comenzar unas vacaciones atlánticas. Consciente de que hay lugares con climas mejores y con parajes también incomparables. Lugares en los que seguramente no tendrás que llevar chaqueta por las noches y donde el único agua que cae es la que genera tu propio cuerpo debido al calor. Aquí, he encontrado playas abarrotadas y otras que parecen el paraíso en la tierra. Hubo días de nieblas que no levantan (muchos menos que de costumbre) y que nos dejaron con el ánimo bajo pero que hacen hueco a planes alternativos, aperitivos infinitos, tardes de cartas y de dormir en el sofá. Hubo otros de calor casi insoportable en los que tuvimos que estar a remojo. Hubo noches de sudadera y mañanas de resaca playera. Hubo familia, hubo comida (casi infinita), hubo descanso y hubo, sobre todo océano.

Decido pasar mis vacaciones en el lugar que me vio crecer. Pero es que aquí nací y el Atlántico me define y forma parte de mí.

Porque yo, como Anita, soy atlántica.

IMG_6265.JPG

ELOGIO DE LA MANO

Me tumbé en el sofá sabiendo que era un engaño.

Unos minutos de negación antes de la horrible perspectiva de volver a trabajar. No me entiendan mal, por lo general la idea de que sólo queden unas horas de trabajo tras una comida gratuita en casa de padres, no se me antoja mala. Me quejo un poco, sí. Suelto un par de gemidos, algún que otro “qué dura es la vida” ante lo que el Señor de Gafas oscuras replica que “vivo como Dios” y vuelvo a convencerme de que “yo nací para estar siempre de vacaciones..que no me aburriría nunca

Pero hoy moría de sueño por segundo día consecutivo y los huesos, los músculos, las sienes, las bolsas de debajo de los ojos y, sobre todo, los párpados que sólo querían cerrarse ganaron a mi voluntad.

Me desplomé un rato con un cojín bajo la cabeza y la acerqué al regazo de mi madre. Entonces ella, como tantísimas otras veces, puso su mano sobre mi espalda. Y entonces comprendí.

Eso es justo lo que se necesita. Una mano comprensiva que te diga “venga, tranquila, todo va a ir bien, tú puedes” Y ya, ya sé que las manos no hablan. Pero todas y cada una de esas frases manidas se colaron en mi cabeza y relajaron mi respiración durante lo que pareció una eternidad pero que en realidad fueron 7 minutos. 7 minutos de gloria. Y todo por una mano.

Pues de vez en cuando habrá que pedir que te echen una de esas manos. Habrá que levantarla para preguntar, para pedir calma y para pedir ayuda. Habrá que darle en la espalda a alguien con ella. A veces unos golpecitos y otras un empujón. Habrá que chocarla con otras y coger la de alguien con fuerza en medio de la noche. Habrá que ponerla en la cabeza de esos seres bajitos y revolverles el pelo. Habrá que cerrarla en puño y elevarla a voz en grito. Habrá que mojárselas. Habrá que pintarse las uñas para evitar mordérselas en momentos de tensión. Habrá que abrirlas para recibir un abrazo. Para cerrarlas en un sonoro aplauso cuando se merece. Ellas son las que te sujetan la cabeza cuando ya no puedes más. Cubren tus ojos ante el miedo. Enjuagan tus lágrimas cuando te ruedan por la cara contra tu voluntad. En esos momentos, tal vez lo que necesites es que una mano ajena se pose en tu espalda y te diga “venga, tranquila, todo va a ir bien, tú puedes” Y entonces volver a respirar.

IMG_0036.JPG

 

 

NO TE DEJARON SEGUIR

Ahora mismo. Hace 20 años. Justo a las 16:02 del 12 de julio de 1997, una señora con el pelo fosco teñido de rubio, una camiseta rosa chicle, las paletas separadas y un tono agudo tan típicamente bayonés gritaba “¡¡MIGUEL ÁNGEL LIBERTAD!!” Y todos aplaudimos. Lo recuerdo perfectamente.

Éramos muchos. La mayoría con el pelo aún mojado pues veníamos de la playa. De un día de verano como otro cualquiera. En familia. Pero sabiendo que a las 16:00 había que estar en la plaza del ayuntamiento. "Yo pienso ir desde luego" "Yo también" comentaban en los corros de la orilla. Llevábamos 2 días que no se hablaba de otra cosa. “Son la hostia” “No hay derecho” “Joder…qué pretenden?” “29 años…”

29 años. A Miguel lo cogieron desprevenido. Como a todos. 29 años...la leche! Quién iba a pensar que aquel concejal joven de Ermua iba a ser el siguiente? A quién se le ocurrió la idea del secuestro? Pero sobre todo...qué esperaban?

No nos callamos. Esta vez no. No fue un "otro más". Millones de personas salieron a la calle. 

Aquel 12 de julio ETA firmó su sentencia de muerte. La sociedad lo había condenado. Así no. Así no más.

Se me vienen a la cabeza mil imágenes. Las manos blancas al cielo, la agonía de la familia y todas esas personas gritando al unísono “Vascos sí, ETA no!” "ETA escucha aquí tienes mi nuca!" Las imágenes de la marea de gente manifestándose en las calles de toda España fue seleccionada por los telespectadores como las más impactantes de la Historia de la Televisión en este país. Y no me extraña. Aún es hoy el día que me sobrecoge verlas.

Y después, una frase ”Ya no saben ni matar” la pronunció mi padre en el salón de casa de la abuela Pita. Con un cigarro en la mano frente al televisor, mientras daban la noticia de que aún había esperanza.

Vaya putada te hicieron, Miguel. No te dejaron seguir. Te agarraste a la vida como pudiste pero no te dieron opción. No puedo ni pensar en la agonía que debiste pasar si tan sólo con recordar la nuestra se me llenan los ojos de lágrimas y el estómago de bilis. Tuviste que ser tú. Pudo ser otro. Tantos que fueron antes. Y los que vinieron después. Hasta hoy. Cuando pienso con una mueca en la cara que a muchos niños en este país habrá que explicarles lo que fue ETA, lo que significó, el porqué si es que existió y la sinrazón de tantísimas víctimas. Para qué? Supongo que para esto, no?. Para finalmente poder vivir en paz. Poco consuelo tras tantísimos años de sufrimiento.

Tuvo que suceder un caso tan patético, tan horrible y tan desgarrador como el de Miguel Ángel Blanco para que dijésemos basta.

Fue a las 4. A las 4 en punto de la tarde. A traición.

Aquel verano, con 10 años (para 11 como me gustaba remarcar por aquel entonces) fui consciente de lo peor del ser humano. Tuve suerte, hoy en Siria y en muchas otras partes del mundo, los hay que nacen sin conocer otra realidad que la guerra y la muerte a su alrededor. Y no buscan una explicación. Simplemente tratan de sobrevivir. Simplemente siguen. Como seguimos todos. Con las manos en alto como única arma.

Menos tú, Miguel. A ti no te dejaron seguir. 

MANIFESTACIÓN

 

 

NENÉ: LA ÚLTIMA DE ESA GENERACIÓN QUE FUERON LOS PADRES DE MIS PADRES

A la abuela Nené hay que recordarla como era: pequeña, pía, habladora, rabuda y muy presumida. 

Si pienso en Nené, la imagino con alguno de sus trajes de chaqueta, pelo de peluquería, gafas de estrella de Hollywood, comentando sobre las 8 conversaciones que hay en la mesa, padeciendo todos los males que le contábamos que alguien tenía, mandando a todos, cogiéndonos por el brazo para decirnos que hay que ser buenos, contándonos sus historias de la Guerra y disfrutando de ver que su prole sigue multiplicándose. Ah! Y con la virgen del Pilar al cuello, por supuesto.

La abuela Nené nos marcó a todos.

Hoy quiero recordar las meriendas en Pi i Margall donde rodaban cabezas y caían roscones y también aquella casa de Riobó que sólo los mayores conocieron y los pequeños vivimos a través de sus recuerdos. Quiero acordarme de esa flor de edelweiss que tenías enmarcada encima del televisor para que todo el mundo supiera que tú eras de Jaca, de la montaña. Quiero acordarme de todas las cintas que nos regalaste de la Virgen del Pilar, de la forma que tenías de poner los ojos en blanco y decir “bueno, bueno”, de tus caprichos y del cardo, que te encantaba. 

Quiero recordar aquella película VHS que me regalaste con “Sonrisas y Lágrimas” escrito en rotulador negro. Ten por seguro que la gasté. Me gusta creer que heredé tu vena cinéfila y me río al pensar en la cantidad de películas que viste y que podían ir en contra de tus creencias. Pero así eras tú. Bátante contradictoria. 

Todos estos recuerdos se me acumulan hoy, cuando un mensaje en el teléfono me confirma que no te voy a ver más. Y eso es lo más triste de todo. Que ya no voy a poder pedirte que me cuentes otra vez cómo fue el bombardeo de Guernica, lo del rescate en Burdeos, los 3 años de carteo con el abuelo Florencio, los veraneos en Corujo o las anécdotas de tus 10 hijos.

Todos esos recuerdos me los contaste en vida. Y hace unos días me los regalaste por escrito. Me cogiste del brazo, me entregaste una libreta con tus memorias escritas en mayúsculas y me dijiste “para que escribas una novela” 

Te fuiste tranquila. Con 96 años, en cuanto comenzó tu deterioro, preferiste seguir durmiendo. 

A mí me cuesta creer en un cielo. Sin embargo tú estabas convencida de su existencia y rezabas todo lo que no hacemos tus descendientes por que todos alcancemos las puertas del mismo. Así que estoy convencida que San Pedro te recibirá con una buena fiesta de bienvenida.

Supongo que aunque dejas atrás 9 hijos, 24 nietos y 22 bisnietos que hoy te lloran con una tristeza enorme, por otro lado estás encantada de reencontrarte con la bis, con tu hermano Luis, con tu adorado Florencio y tu hija Mariateresa. Dales un beso enorme a todos de nuestra parte.

Dicen que es ley de vida.
Dicen que es lo mejor.
Lo sé. Pero yo estoy triste.
 

Gracias por todo abuela. 
Te vamos echar muchísimo de menos.

YO ME QUEDO

Yo me quedo. Esta noche. Estos instantes. En ese estadio donde dicen que los sueños salen a actuar. Hoy se disfrazaron de tragedia.

Me quedo con esta crueldad. Me quedo con vivirlo. Con sufrirlo. Con llorarlo. Con consolarme.

Yo me quedo con la camiseta. Esa que ahora cuelga triste en la silla y que es celeste. Un color que sólo me gusta para el fútbol.

Me quedo con todas las cañas de estos jueves de Europa League que nos hicieron soñar. Me quedo con los compañeros de sufrimiento. Con las caras, los gritos, los “uy” los “vamos!!” y los cánticos. Pocas cosas me emocionan más que mucha gente cantando al unísono. Nunca una grada llena de bufandas y brazos al cielo me pareció tan tristemente preciosa.

Me quedo con los goles, claro. Con los cabezazos fallados. Me quedo con Guidetti, que aún no se lo cree. Me quedo con el Toto, que tan pronto me lo cruzo por la calle como lo veo en la televisión emocionado, con la mirada puesta en la grada visitante y el rostro entumecido.

Me quedo con mis 8 primos que animaron como sólo unos descendientes de Florencio García pueden hacerlo. Con tantos amigos que mancharon Manchester de celeste. Hasta con el Alcalde! ese al que le demandaron una ronda. Me quedo con los celtistas. Me quedo con ser de un equipo pequeño.

Noches como hoy valen millones. Más de los que cobrará cualquiera de esos 22 jugadores en su vida. Porque noches como la de hoy pasan a las Historia de un club. Un sentimiento, por manido que resulte, que no se puede explicar. Es completamente irracional. Y sin embargo…”Y si?” Y sufres, gritas, callas, rezas y contienes la respiración como si tu vida dependiese de ello. 

Me quedo con este equipo tan de Vigo. Y con la lluvia que cayó hoy en la ciudad tal vez como presagio de la noche triste que íbamos a vivir los celestes. Un recordatorio de que somos humanos. Tanto que ahora estamos “jodidos” como confesó Aspas al micrófono justo antes de dar las gracias a toda la gente por apoyarles. Justo antes de recordar que esto es un equipo de chavales que se conocen desde la cantera y que han atrincherado al Manchester United obligándoles a jugar a no jugar en su campo. Un equipo que hace 5 años ascendía de segunda y hoy se despide de Europa en Old Trafford. ¿Cómo no voy a quedarme con ellos?

Me quedo con vos, cos nosos. Me quedo coa afouteza e co corazón. Porque o primero o demostrasteis no campo, e do segundo imos sobrados. Algúns dirán que é o único que temos nas vitrinas. Eu quédome con iso.

Me quedo con mi equipo. Me quedo con el Celta. Pequeño. Semifinalista. Grande. Campeón!

Gracias.

"SIEMPRE DESEÉ SABER ESCRIBIR..."

La experiencia me dice que de situaciones en las que estás digamos “desajustado” anímicamente por exceso o por defecto, surgen las mejores expresiones creativas.
Últimamente estoy muy contenta y tal vez por esto hace tiempo que no escribo.

No sé si será esta la razón o el hecho de que a sus casi 96 años algo revuelve por dentro a Teresa (como nos pide que le llamemos ahora porque al parecer ya es mayor para que le llamen Nené) y tiene algo de miedo (como para no tenerlo) pero la cuestión es que hoy la abuela vino a la comida con un regalo para mí.

Nené ha tenido una vida de película. Sobrevivir al bombardeo de Guernica, a otro en Bilbao, que se la llevasen en un barco a Rusia o ser rescatada en Francia son sólo algunos de los acontecimientos que le pedimos que narre una y otra vez aunque ya nos los sepamos de memoria.

Con su padre militar y su madre, una mujer adelantada a su tiempo que fumaba y jugaba al poker habiendo nacido con el siglo, vivió una vida alejada de su Jaca natal y la familia que dejó en Aragón para formar una (y muy numerosa) en Vigo con Florencio, su gran y único amor

Mi abuela Nené es peculiar y yo siempre le pedí que me contase su vida para poder escribirla. Hasta le regalé una libreta que traje de Nueva York para este cometido.

Hoy me la ha devuelto escrita con mayúsculas y yo que no soy de hierro (más bien todo lo contrario) me he emocionado. Vi a mi abuela más pequeña e indefensa que nunca y de pronto entendí que es precisamente en estos momentos cuando quiere pelear por dejar su huella en el mundo.

Esta libreta, con una etiqueta en la cubierta que indica la dirección a donde devolverla en caso de pérdida, es una maravilla. Me pareció que no era suficiente con añadirla a la lista de pequeñas cosas que hacen que la vida valga la pena. Tenía que contar su historia. Igual que mi abuela tenía que contar sus memorias.

Dice nada más empezar que siempre deseó saber escribir para escribir sus recuerdos.

Gracias por dejarme vivirlos contigo, Teresa.

IMG_9872.JPG